domingo, 22 de enero de 2012

libro: Manuel Guerra Campos La confesión de un creyente no crédulo


No pensemos que lo que sabemos es lo máximo y la totalidad de lo que podemos saber. Esto es aplicable en todos los campos. Y en este de la ORACION también. Por ejemplo, podemos considerar y practicar una forma de oración que no sea puramente conceptual y de repetición de palabras, y utilizar otro canal de oración centrado en la sensibilidad para percibir. Que es un canal más de silencio y de experiencia.
Lo importante es que observemos y evaluemos los resultados. Porque la oración no tiene que ser estéril. Y sus resultados deben ser prácticos. O sea, la oración no es para que la escuche Dios o para tranquilizar la conciencia diciendo: “ya oré”.  Sino que ella tiene que reflejarse en la práctica del amor, de forma solidaria.

sábado, 7 de enero de 2012

Otro paradigma: escuchar a la naturaleza


Ahora que se aproximan grandes lluvias, inundaciones, temporales, huracanes y deslizamientos de tierras, tenemos que reaprender a escuchar a la naturaleza.
Toda nuestra cultura occidental, de vertiente griega, está asentada sobre el ver. No sin razón la categoría central –idéia (eidos en griego)– significa visión. La tele-visión es su expresión mayor. Hemos desarrollado nuestra visión hasta los últimos límites. Con los telescopios de gran potencia hemos penetrado hasta las profundidades del universo para ver las galaxias más distantes. Hemos descendido hasta las partículas elementales y el misterio íntimo de la vida. Mirar es todo para nosotros. Pero debemos tomar conciencia de que este es el modo de ser de los occidentales y no el de todos.
Otras culturas próximas a nosotros, las andinas de los quechuas, los aymaras y otros se estructuran alrededor del escuchar. Lógicamente también ven, pero su particularidad es escuchar los mensajes de aquello que ven. Un campesino del altiplano boliviano me dijo: «yo escucho la naturaleza y sé lo que me dice la montaña». Y hablando con un chamán me decía: «yo escucho a la Pachamama y sé lo que ella me está comunicando».
Todo habla: las estrellas, el sol, la luna, las montañas soberbias, los lagos serenos, los valles profundos, las nubes fugaces, las selvas, los pájaros y los animales. Esas personas aprenden a escuchar atentamente estas voces. Los libros no son importantes para ellos porque son mudos, mientras que la naturaleza está llena de voces. Y se han especializado en esta escucha de tal forma que, al ver las nubes, al escuchar los vientos, al observar las llamas o los movimientos de las hormigas, saben lo que va a suceder en la naturaleza. 

Esto me recuerda una antigua tradición teológica elaborada por san Agustín y sistematizada por san Buenaventura en la Edad Media: la revelación divina primera es la voz de la naturaleza, el verdadero libro hablante de Dios. Pero como hemos perdido nuestra capacidad de oír, Dios, por piedad, nos dio un segundo libro, que es la Biblia, para que escuchando sus contenidos pudiésemos oír nuevamente lo que la naturaleza nos dice.
Cuando Francisco Pizarro en 1532 en Cajamarca, mediante una emboscada traicionera, hizo prisionero al jefe inca Atahualpa, ordenó al fraile dominico Vicente Valverde que con su intérprete Felipillo le leyese el requerimiento, un texto en latín por el cual se dejaban bautizar y se sometían a los soberanos españoles, pues el papa así lo había dispuesto. Si no lo hacían, podían ser esclavizados por desobediencia. Atahualpa le preguntó que de dónde le venía la autoridad. Valverde le entregó el libro de la Biblia. Atahualpa se lo puso al oído. Como no escuchó nada, tiró la Biblia al suelo. Fue la señal para que Pizarro masacrase a toda la guardia real y aprisionase al soberano inca. Vemos, pues, que la escucha lo era todo para Atahualpa. El libro de la Biblia no hablaba nada.
Para la cultura andina todo se estructura dentro de un tejido de relaciones vivas, cargadas de sentido y de mensajes. Perciben el hilo que penetra, unifica y da significado a todo. Nosotros los occidentales vemos los árboles pero no percibimos el bosque. Las cosas están aisladas unas de otras. Son mudas. Hablar es sólo cosa nuestra. Captamos las cosas fuera del conjunto de relaciones, por eso nuestro lenguaje es formal y frío. En él hemos elaborado filosofías, teologías, doctrinas, ciencias y dogmas. Pero esta es nuestra manera de sentir el mundo, no la de todos los pueblos.
Los andinos nos ayudan a relativizar nuestro pretendido «universalismo». Podemos expresar los mensajes mediante otras formas relacionales e incluyentes y no por aquellas objetivas y mudas a las que estamos acostumbrados. Ellos nos desafían a escuchar los mensajes que nos vienen de todos lados. 

En estos días debemos escuchar lo que las nubes negras, los bosques de las laderas de las montañas, los ríos que crecen y rompen barreras, las pendientes abruptas y las rocas sueltas nos advierten. Las ciencias de la naturaleza nos ayudan en esta escucha. Pero no es nuestro hábito cultural captar las advertencias de aquello que vemos y entonces nuestra sordera nos hace víctimas de desastres que hay que lamentar. Sólo dominamos la naturaleza, obedeciéndola, es decir, escuchando lo que ella nos quiere enseñar. La sordera nos dará amargas lecciones.
Leonardo Boff
Enero 6 de 2012

viernes, 6 de enero de 2012


La Tierra parece que estuviera dormida, pero ella ya se ha renovado. Se ha actualizado y esta lista para avanzar otros mil años; en cambio nosotros, la especie humana, que pertenecemos al Reino Animal, ¿Qué esperamos para renovarnos? ¿Para actualizarnos?
Este paso pasa por un cambio de paradigma que fundamente un nuevo modo de pensar, de pensarnos y de actuar. El arte generalmente nos muestra el camino, como expresión del alma que es. Y también la meditación nos sugiere el camino.
El ambiente familiar es fundamental para dar este paso. Allí se fragua. Sobre todo cuando pasamos a los diálogos más profundos, de mayores contenidos.

lunes, 2 de enero de 2012

MULTITUD DE TEMAS EN AUDIO... NO DEJES DE ILUSTRATE!

2012


Arribar al nuevo año 2012… es no solamente motive de alegría, sino también motivo para decidirse a emprender nuevos caminos que apunten a la gran utopía de un mundo social Nuevo. Para ello habrá que derribar los muros de los miedos y de la abaja autoestima para atreverse a volar y volar alto, con toda la ilusión de hacer surcos a medida que pasa el tiempo de nuestras vidas.